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6.3.22

El año del Búfalo (Javier Pérez Andújar, 2021)

 

"Nunca se sabe si la historia va en serio, y por eso las tragedias la gente se las toma en broma al principio, y hace chistes, y frivoliza, como cuando se anuncia la inminencia de una pandemia. No se quieren ver venir las desgracias hasta que tenemos el daño encima."

27.8.21

Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas, 1844)


 Pero, a fin de cuentas -prosiguió Porthos-, ¿quién es esa Milady?

Una mujer encantadora -dijo Athos degustando un vaso de vino espumoso- que ha tenido bondades con nuestro amigo D´Artagnan, que le ha hecho no sé qué perfidia que ella ha tratado de vengar hace un mes tratando de hacerlo matar a disparos de mosquete, hace ocho días tratando de envenenarlo, y ayer pidiendo su cabeza al cardenal.

¿Cómo? ¿Pidiendo mi cabeza al cardenal? -exclamó D´Artagnan, pálido de terror.

Eso es tan cierto -dijo Porthos- como el Evangelio, lo he oído con mis dos orejas.

Yo yo también - dijo Aramis.

Entonces -dijo D´Artagnan dejando caer su brazo con desaliento-, es inútil seguir luchando más tiempo; da igual que me salte la tapa de los sesos, todo está terminado.

Es la última tontería que hay que hacer -dijo Athos-, dado que es la única que no tiene remedio.

El tulipán negro (Alejandro Dumas, 1850)


 Holanda era el país de las fiestas; jamás naturaleza más perezosa desplegó más ardor riente, cantante y danzante que la de los buenos republicanos de las Siete Provincias con ocasión de las diversiones.

Es verdad que los perezosos son, de todos los hombres, los más resistentes al cansancio, no cuando se ponen a trabajar, sino cuando se dedican con alegría al placer.

1.8.21

La última causa perdida (Moonlight Mile, Dennis Lehane, 2010)


 Se quedó mirándome fijamente, con la boca abierta y los ojos entornados.

   - Nos contrataron tus padres, cretino de mierda. Supusieron que acabarías por hacer alguna memez porque, en fin, Brandon, eres un memo. El pequeño incidente de hoy debería confirmar sus peores presagios.

   - No soy un memo -se defendió-. He ido a la universidad.

En vez de una docena de respuestas sarcásticas, lo único que me vino fue una oleada de agotamiento.

Así era mi vida en esos tiempos. Así.

Daisy Miller (Henry James, 1878)


 No me importa si tengo o no la fiebre romana -dijo Daisy en un extraño tono. En ese mismo instante el cochero, restallando el látigo, hacía arrancar el coche sobre el irregular empedrado.

El Gran Gatsby (Francis Scott Fitzgerald, 1925)

 


El palacete de mi derecha era, observado desde cualquier ángulo, un inmenso caserón, la perfecta imitación de un Hotel de Ville de algún pueblo de Normandía, con una torrea un lado, tan nueva que relucía bajo una barba muy delgada de hiedra silvestre, cuarenta cuadras de jardines y prados, y una piscina de mármol. Esa era la mansión de Garsby.

Deshoras (Julio Cortázar, 1983)


 Vos sabés muy bien lo que pasó, para qué te voy a contar, las tres primeras vueltas de Giardello más veloz y técnico que nunca, la cuarta con Ciclón aceptándole la pelea mano a mano y poniéndolo en apuros al final del round, la quinta con todo el estadio de pie y el locutor que no alcanzaba a decir lo que estaba pasando en el centro del ring, imposible seguir el cambio de golpes más que gritando palabras sueltas, y casi en la mitad del round el directo de Giardello, Ciclón desviándose a un lado sin ver llegar el gancho que lo mandó de espaldas por toda la cuenta, la voz del locutor llorando y gritando, el ruido de un vaso estrellándose en la pared ante de que la botella me hiciera pedazos el frente de la radio, Ciclón nocaut, el segundo viaje idéntico al primero, las pastillas para dormir, qué sé yo, las cuatro de la mañana en un banco de alguna plaza. La puta madre, viejo.

El infinito en un junco (Irene Vallejo, 2019)


El libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo. Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí.
 

1.6.21

En la penumbra (Juan Benet, 1982)


    _ Pasa -dijo la sobrina-, quiero presentarte a mi tía. Quiero que le digas lo que yo te inspiro; lo que yo soy para ti y cuáles son nuestras intenciones.

Detrás de la sobrina apareció la señora. Ambas salieron al rellano, sobre el felpudo.

   _ Pasa -dijo la señora-. Entra. Puedes entregarme ese mensaje. Llevo esperándote toda la tarde.

Dio media vuelta y descendió la escalera con apresuramiento, agarrado al pasamanos y pisando con aplomo los peldaños recién encerados, cuidando de no hacerlo sobre las hojas de periódicos atrasados para no resbalar.

14.1.21

Las aventuras de Huckleberry Finn (Mark Twain, 1884)


    - ¿Cómo te llamas de veras?

    - George Peters, señora.

    - Bueno, intenta recordarlo, George. No vayas a olvidarlo y decirme que te llamas Elexander antes de que te marches, y luego a escaparte diciéndome que eres George Elexander, cuando te pille. Y no te acerques a las mujeres, llevando ese percal viejo. Haces de muchacha bastante mal, pero tal vez podrías engañar a los hombres. Que Dios te ayude, niño, cuando te pongas a enhebrar una aguja, no vayas a sostener el hilo quieto y luego arrimar la aguja hacia él; mantén la aguja fija y empuja el hilo hacia el ojo; así es como lo hacen las mujeres, pero los hombres lo hacen al revés. Y cuando le tires con algo a una rata, levántate de puntillas y alza la mano por encima de la cabeza tan torpe como puedas, y falla el tiro por dos metros o más. Tira con el brazo estirado, desde el hombro, como si éste tuviera un pivota en que girar, como lo hace una muchacha; no tires como un muchacho con un movimiento de la muñeca y el codo, con el brazo a un lado. Y, mira, cuando una muchacha intenta coger algo en el regazo, abre bien las rodillas; no las cierra de golpe como hiciste tú al coger esa barra de plomo. Yo descubrí que eras un muchacho cuando ibas a enhebrar la aguja; y he ideado todo lo demás para estar segura. Ahora, muévete y vete a buscar a tu tío, Sarah Mary Williams George Elexander Peters, y si te metes en algún lío, manda buscar a la señora Judith Loftus, que soy yo, y haré lo que pueda para sacarte de él. Sigue el camino del río todo derecho, y la próxima vez que des una caminata, llévate zapatos y calcetines. El camino del río es pedregoso, y tendrás los pies en buenas condiciones cuando llegues a Goshen, supongo yo.


31.12.20

Panza de burro (Andrea Abreu, 2020)


Isora sabía hablar con las viejas. Yo me limitaba a escuchar lo que se decían. Ustedes quieren un fisquito café, misniñas? A mí no me dejan beber café, le respondí. Yo sí, un fisquito, dijo Isora. Un fisquito namás. Ella siempre un fisquito namás. Lo probaba todo. Una vez comió comida de perro de la que había en la venta para saber lo que se sentía. Ella lo probaba todo y después si era necesario lo vomitaba. Yo tenía miedo de que mis padres me olieran el café de la boca y me arrestaran, pero Isora nunca tenía miedo. No tenía miedo aunque la abuela la amenazara con meterle un leñazo. Ella pensaba que la vida era solo una vez y que había que probar un fisquito siempre que se pudiese. Y un fisquito de anís, miniña? Un fisquito namás. Un fisquito namás. Un fisquito namás, decía.
 

27.12.20

La carte et le territoire (Michel Houellbecq, 2010)



Puis tout se calme, il n´y a plus qye des herbes agitées par le vent. Le triomphe de la végétation est total.


14.9.20

Ordesa (Manuel Vilas, 2018)


 Puede que un hombre acabe al final por enamorarse de su propia vida. Eso es lo que me está pasando, me lleva pasando desde hace unos meses. Mi alma vuelve a las regiones de la ebriedad del enamoramiento. La ebriedad la llevas de nacimiento. Lo que no podía imaginar es esta reconciliación conmigo mismo. Igual eso fue lo que encontró Rachma: que estaba mucho mejor solo que con familia. Porque puede que al final quien acabe derrotada sea la soledad. Y puede que al final descubras que el único ser humano que no es un coñazo absoluto eres tú mismo.

Tal vez eso sea la excelencia de la identidad: llegar a bastarte para todo.

Esto es placer (Mary Gaitskill, 2020)


 Distinta gente tiene posturas diferentes sobre lo que es aceptable y lo que no. El contexto puede cambiar, la interpretación y percepción también, lo que hoy te hace gracia mañana ya no.

Moby Dick (Herman Melville, 1851)

 


Todo su aspecto denotaba rencor, venganza súbita, maldad implacable, y contra toda posible intervención humana el macizo ariete blanco de su cabeza deshizo de un golpe a estribor la proa, haciendo tambalearse hombres y maderas.

10.5.20

El sabueso de los Baskerville (Arthur Conan Doyle, 1902)


Del interior del banco de niebla surgía el ruido acompasado y crujiente de algo que avanzaba. El frente se encontraba a cincuenta yardas del punto donde nosotros estábamos echados; los tres miramos hacia él, sin saber qué horror iba a surgir de su interior. Yo estaba al costado de Holmes y miré su rostro un instante. Lo tenía pálido y en tensión; los ojos le brillaban en medio de la luz de la luna. Pero de pronto se quedaron fijos, contemplando algo, y sus labios se abrieron con un gesto de sorpresa.

5.5.20

El gato negro y otros cuentos (Edgar Allan Poe, 1849)


Como si en la energía sobrehumana de su voz se encontrara el poder del hechizo, los enormes y antiguos tableros que Usher señalaba abrieron lentamente , al instante, sus pesadas mandíbulas de ébano. Fue obra de la ráfaga veloz..., pero entonces en la puerta se vio la alta y amortajada figura de lady Madeline de Usher. Había sangre en sus blancas vestiduras y huellas de una amarga lucha en cada parte de su demacrado cuerpo. Durante un momento quedó ella temblando, tambaleándose en el umbral; luego, con una bajo lamento, se volcó pesadamente hacia adentro sobre el cuerpo de su hermano, y en su violenta agonía final le arrastró al suelo, ya muerto, víctima de los terrores que había anticipado.

19.4.20

Las alegres aventuras de Robin Hood (Howard Pyle, 1883)


Tras haber elegido tres flechas de su agrado, Robin revisó atentamente la cuerda de su arco antes de disparar.
   _ Sí -seguía diciéndole a Gilbert, que se había quedado junto a él para verle tirar-, deberías hacernos una visita allí en Sherwood -aquí tiró de la cuerda hasta que la mano quedó junto a la oreja-. En Londres -aquí disparó la flecha- no podéis disparar más que contra grajos y cornejas, pero allí podrías picotear las costillas a los mejores venados de toda Inglaterra.
Y aunque no dejó de hablar mientras tiraba, la flecha se clavó en la diana, a menos de media pulgada del punto central.
   _ ¡Por mi alma! -exclamó Gilbert-. ¿Sois acaso el diablo vestido de azul, para tirar de ese modo?
   _ No -respondió Robin riendo-, no soy tan malo como eso, confío.
Y diciendo esto, tomó otra flecha y la montó en la cuerda. De nuevo disparó, y de nuevo insertó la flecha a un dedo del centro; tensó el arco por tercera vez, y la flecha se clavó entre las otras dos, en el mismísimo centro de la diana, de modo que las plumas de las tres flechas quedaron entremezcladas, y a cierta distancia parecían una sola flecha.

6.4.20

El libro de la Selva (Rudyard Kipling, 1894)

  - Por supuesto  que volveré -dijo Mowgli- y cuando vuelva será para poner la piel de Shere Khan en la Roca del Consejo. ¡No me olvidéis! ¡Decid a todos en la Selva que nunca me olviden!
   Despuntaba la aurora cuando Mowgli bajó la cuesta a solas, en busca de esos seres misteriosos llamados hombres.


 La historia de Mowgli ocupa los primeros cuentos. Pero luego hay más historias: Kotick, la foca blanca; Rikki-tikki-tavi, la mangosta; el pequeño Toomai, el de los elefantes; la fauna de los servidores de su Majestad.

29.3.20

Comédies et proverbes Volume II (Éric Rohmer, 1999)